Jesus Sánchez-Adalid: “Treinta doblones de Oro”

Archivado en (Livros) por Pablo González Blasco en 20-10-2015

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Jesus Sánchez-Adalid: “Treinta doblones de Oro”. Ediciones B. Barcelona. 2013. 352 pgs.

treinta doblones de oroEl título es directo y sugestivo. Ya conocía la historia y me animé a comprar el libro, para saber más detalles sobre la imagen del Jesús de Medinaceli.  Un Cristo que empezó siendo Sevillano, se hizo famoso en el norte de Africa, y acabó conquistando la devoción de los madrileños. El Cristo se veneraba en el norte de Berbería, en la plaza fuerte de La Mamora, bautizada por los españoles del siglo XVII como San Miguel de Ultramar. Tomada la plaza por el sultán de Mequinez, la imagen es robada  y ultrajada arrastrándola por las calles, y finalmente rescatada por los frailes trinitarios. Y lo que siempre se cuenta, que es nota característica del episodio: a la hora del rescate se fijó el precio como su peso en oro. Y cuando se completaron los treinta doblones, la balanza se equilibró. Un milagro histórico que recuerda el otro precio, el de Judas.

La novela de Sanchez- Adalid relata las peripecias de Cayetano, el protagonista que hace de narrador del episodio histórico. La descripción del ambiente es cautivante, un cuadro de costumbres de la época, donde conviven miseria y grandeza, heroísmo y mezquinaría, entre gente noble, comerciantes, la plebe y los moriscos. Los tesoros de las Indias, los tejemanejes de los gobernantes, y la decadencia del imperio español.  “Los que entendían de estas cosas decían que todo era a causa de la desgana de quienes tenían encomendadas las tareas de gobierno; los cuales se habían preocupado más de su beneficio propio que del bien común”.

Con un lenguaje también de época, la lectura es amena, entretenida, y las páginas, salpicadas de expresiones jocosas, se pasan con rapidez. “Ganas me dieron de replicarle enmendándole, porque más que corajoso era corajudo, es decir, colérico y enojadizo, y mala vida espera quien sirve a un hombre así, ya sea en la Vieja España o en la Nueva (…)Eran unos auténticos rufianes; mozos desalmados, ruines y desprovistos del menor decoro; que si bien poseían cierto ingenio  -a los truhanes no suele faltarles- no perdían ocasión de aguzarlo para sus bellaquerías”.

Cayetano sirve a un gentilhombre venido a menos. “Nada realmente extraordinario había en aquella existencia, que era como la de tantos hombres de su generación; por más que él la magnificase y se esforzase para llenarla de sublimes actos de valentía y abnegación”. Su patrón  le promete sueldos y dineros que nunca llegan.  Tiene el propósito de abandonar su servicio, pero no se decide, porque entra en juego la hombría de bien… y el amor por la doncella. Y entre promesas, esperas, sueños de las indias, y proyectos, las cosas se tuercen. Los musulmanes asumen el comando, los cristianos pasan a la condición de cautivos  a la espera de la redención por los frailes trinitarios y mercedarios.

La narrativa, ahora en otra condición, continua ágil y castiza. Pero lo cortés no quita lo valiente, y Sanchez-Adalis aprovecha para dar sus recados, al Cervantino modo, sobre la importancia de las virtudes y de la sabiduría. “Hay veces en la vida que trae más cuenta hacerse uno invisible que luchar contra los elementos; no es resignación, es pura astucia  (…) Confía, solo confía….  ¿Acaso crees que los que se creen libres lo son de verdad? Mil cautiverios sin cuento hay en esta vida, aun sin prisiones ni cadenas….Hasta los que se suponen ricos y felices se saben en el fondo cautivos : de sus afectos, de sus deseos, de sus pasiones, de sus pertenencias….Todos aquí somos cautivos.. Aunque solo lo seamos del tiempo que pasa….”.

Los frailes cuidan a los cautivos como pueden, aunque la redención tarde en llegar. No es fácil negociar con el sultán. “Los frailes lloraron, lanzaron bendiciones y se fueron entre lágrimas. Qué lamentable era ver partir a los pastores dejando allí a sus ovejas, a merced de los lobos. Pero el temor es tan humano…. Los frailes traen una carreta cargada con pan y dátiles, que repartieron para mitigar algo nuestro padecimiento: penas con pan son menos…..”

Y, como telón de fondo, la devoción al Cristo de Medinaceli, tan cautivo como los mortales, al que acuden para mitigar sus penas. “Cuando se está sufriendo mucho, cuando todo sucumbe alrededor, ¡cuánto bien hacen las devociones!”

Una buena novela que nos adentra en las circunstancias que el mapa apunta en la oreja del libro: Sur de España y norte de Berbería en el año 1681. Y, como protagonista silencioso, Jesús de Medinaceli, y la epopeya de su rescate. “El Nazareno rescatado y limpio. Lo estuvimos lavando cuidadosamente con respeto. …Porque, aunque sabemos bien que las esculturas que representan al Señor, a la Virgen María y a los santos son hechura humana, también sentimos que son sagradas, porque recogen en si la fe de la gente, las plegarias, las devociones…No resulta fácil abstraerse tanto como para no participar de ese misterio.  Y aquella imagen de Cristo era tan real, tan prodigiosamente inspirada, que impresionaba e imponía tocarla”.  Un buen colofón que los madrileños que prestan su homenaje a la imagen, todos los viernes, tendrían que conocer. Yo me incluyo aun viviendo a muchos quilómetros de distancia. Por derecho y, sobre todo, por deber.

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