Julián Marías: España Inteligible. Razón Histórica de las Españas.

Archivado en (Livros) por Pablo González Blasco en 17-02-2019

Julián Marías: España Inteligible. Razón Histórica de las Españas. Alianza Editorial. Madrid. 2014. 421 págs.

Este año, las vacaciones de verano llegan con la invitación de zambullirme en esta obra cumbre del filósofo español, que reposaba hace tiempo en mi estantería. Imposible resumirla, temeroso comentarla, porque su lectura es casi una experiencia fenomenológica, vitalista. Hay que leerla para saborearla, disfrutarla y, sin duda, aquilatar las reflexiones que provoca. Por tanto, anoto desordenadamente párrafos que fui marcando, salpicados de tímidas glosas anotadas al margen.

El autor sitúa el propósito de la obra con decisión: “La preocupación por la condición española parece un ingrediente esencial de la realidad de España, a diferencia de lo que sucede con otros pueblos, que sólo ocasionalmente se vuelven con inquietud y zozobra a preguntarse por su propia realidad. Se trata de mirar esa realidad desde dentro, sin ejercer violencia sobre ella; de abandonarse a sus líneas reales, a sus transformaciones. Preguntarse por la historia de España, y por la España que hubiera podido ser, no es imaginar la ausencia de invasiones -Cartagineses, invasiones bárbaras y árabes- sino preguntarse por la reacción: si en vez de ser la que fue, la reacción hubiera sido otra”. En la reacción -que en el fondo es como vocación delante de las circunstancias -es donde Marías busca la inteligibilidad de España. Es justamente la respuesta a los desafíos lo que, en su opinión, acaba construyendo la España que hoy contemplamos.

Vocación y circunstancias, donde Marías invoca a su maestro, Ortega: “La vida no es sin más ni más el hombre, es decir, el sujeto que vive. Sino que es el drama de ese sujeto al encontrarse teniendo que bracear, que nadar náufrago en el mundo. La historia es la reconstrucción de la estructura de ese drama que se dispara entre el hombre y el mundo”. Y prosigue con una contundente afirmación: “La vida se mueve entre dos elementos que no se eligen: uno de ellos es la circunstancia, que nos es impuesta, con la cual nos encontramos, queramos o no; la otra, la vocación, que no nos es impuesta, porque frente a ella somos libres, pero que nos es propuesta, y si somos infieles a ella, una vez que la hemos ido descubriendo, la consecuencia es la inautenticidad, la falsedad de nuestra vida”.

Antes de adentrarse en la “respuesta histórica a las circunstancias” que será el factor constructor de España, el filósofo nos pone em guardia sobre comentarios venidos de gente ilustre (por ejemplo, Montesquieu)  que pretenden explicar el todo, en su caso, la realidad de España, interpretándolo desde un hecho que es una porción insignificante de la realidad; dando una atención exclusiva a hechos parciales, con frecuencia minúsculos. Aclarado esto, avanza en su análisis.

La primera unidad humana de España fue su romanización. No fue una conquista romana, sino que se incorpora como provincia -Hispania- a la unidad administrativa, política, lingüística, y religiosa del imperio Romano. Es la primera versión de España. Una densidad urbana que sorprende cuando comparada con el resto de las provincias occidentales del Imperio Romano. Ciudades y caminos que surcaban Hispania y de los cuales quedan restos, no pocos, en nuestros días. Vías que permitían la comunicación, en épocas donde el aislamiento de las ciudades era la condición natural.

No siempre se ha advertido el peso de Hispania dentro del Imperio romano. No sólo por la importancia económica y militar, mas por el desarrollo urbano, el florecimiento de la cultura, la participación en la vida pública (de Hispania salieron emperadores), sino también en el equilibrio del mundo romano: Hispania fue un fuerte factor de occidentalización frente todo lo que significaba el mundo helénico y los territorios de oriente. Se asocia Roma con la lengua latina, pero no se puede olvidar la vigencia del griego en todo Oriente. Hispania fue también un factor de equilibrio, que ayudó a decantar el occidente por el mundo latino.  Europa va a ser, con la invasión bárbara, una combinación de romanismo y germanismo: la incorporación del elemento germano al Mediterráneo. Y esto acontece en España antes y más intensamente que em ningún otro lugar. En otros lugares -Galias, Britania, tierras germánicas, la porciones más recientes del imperio- faltaba romanización, el desarrollo urbano adecuado que Hispania tenía. Y em Italia, pesaba demasiado lo romano, con menor capacidad de simbiosis.

Se sigue la invasión árabe, donde la ficción nos ayuda a entender las formas de vida mediante la narración – poesía, teatro, prosa- porque inventa personajes, los hace vivir, tiene que reconstruir su circunstancia y hacerlos verosímiles, inteligibles, en el mundo que construye como escenario. Son muchas páginas dedicadas a la Reconquista vista como proyecto colectivo permanente de la España cristiana.  “No entiendo cómo se puede llamar Reconquista a algo que duró ocho siglos” -decía Ortega. Por eso, Marías se extiende en la explicación, y aclara que no es una contienda permanente, como una guerra de cien años multiplicada por ocho. Es, sobre todo, la reacción a la invasión árabe, transformada em proyecto de ocho siglos, lo que peculiarmente hará que España se decante como nación. Una resurrección del  mundo visigodo-romano, que se constituye alrededor de un proyecto cristiano. La unidad de la España visigótica-romana, se perfecciona y toma nueva forma, al recuperarse delante de ese nuevo desafío. Porque las invasiones, lejos de truncar un proyecto de nación, pueden en verdad catalizarlo. Y, a modo de ejemplo, para explicar las ventajas de las invasiones sobre los invadidos comenta:  Los ingleses fueron los visigodos de la India moderna. Superpusieron a una pluralidad ilimitada una unidad gracias a la cual ha sido posible la India actual.

Y afirma: “España, que podría ser menos europea que los otros países por la larga convivencia con los moros es, de hecho más europea que los otros. Ya que los otros ¿qué van a ser sino europeos? Mientras que España lo es porque ha querido, porque se puso a su carta en la recuperación de algo que podría no haber sido. (por ejemplo, lo que nunca fue reconquistado del Islam en el norte de África). España elige no ser islámica ni oriental, sino realizar su vocación originaria de pueblo cristiano. Es un proyecto, aceptado y elegido. Es la vocación: España es el dramático despliegue de una vocación histórica, de una voluntad que intenta abrirse paso em medio de la inseguridad.

Hace notar que no se reconquistan los reinos medievales, porque no existían antes, sino que surgen como resultado parcial de la reconquista de España. Son incorporaciones, de ahí viene ayuntamiento -algo que se va juntando- si el vocablo no tuviera el sentido restringido. No es dilatación o expansión de una sociedad, sino articulación de colectividades distintas en una unidad superior. Los pueblos incorporados -a diferencia de los anexionados- no dejan de existir como pueblos distintos entre si y del todo que forman. Importante asunto este, porque la historia de la decadencia de una nación es la historia de una vasta desintegración.

Recuerda que Reyes Católicos, fue un título concedido por el Papa en 1494, cuando Lutero tenía 11 años, mucho antes de la Reforma. Una Monarquía Católica, que iluminó los caminos de España durante los dos siglos siguientes. España se sigue interpretando como cristiana, y esta dimensión religiosa se identifica con su condición nacional; y al lanzarse sobre el mundo la potencia de la España unida, se extiende a los nuevos límites geográficos: la conquista y evangelización de América. “Los descubridores y conquistadores hicieron pésimo negocio: los más consiguieron muerte desastrada, y los supervivientes, después de infinitos padecimientos y calamidades, algo muy parecido a la pobreza. Querían evangelizar las Indias, servir al Rey, alcanzar gloria y fama, y tener la esperanza de volver un día con algún oro. En el fondo sabían que no lo iban a conseguir, que iban a dejar los huesos em América, y la carne en el vientre de un indio o un ave de rapiña; pero sin esa ilusión ¿hubieran tenido arranque para pasar aquellos tártagos? ¿hubieran sabido justificar aquella inverosímil aventura?”

En aquellos días nunca se entendió que los territorios americanos fueran colonias, palabra que no se usaba, y que fue adoptada paradójicamente por los independistas hispanoamericanos, tomando el modelo de las colonias inglesas em Asia y África. Fueron esos territorios provincias o reinos pertenecientes a la misma Corona; es decir, países con el mismo Rey. Una Supernación transeuropea, con un proyecto histórico, coherente y múltiple, que llevamos casi dos siglos intentando oscurecer. El olvido de la plena significación del nombre las Españas.

Incorporar no es sencillamente anexar, y con esta tesitura, analiza Marías el siglo de Oro, con los descubrimientos y conquistas. Traza una apología del entendimiento que España tenía de sí misma en el siglo XVI y viendo los derroteros por los que camina Europa después en el XVII . Podrían decir los españoles de aquella época lo mismo que Ortega cuando contemplaba donde iba a parar la II República: “No es esto, no es esto”. Talvez el error fue decirlo en voz baja, y no haber dicho: no es esto, sino esto otro.

No falta el debido comentario a la debatida cuestión de la misión americana con los escritos parciales e incoherentes del P. Bartolomé de las Casas, su odio a los españoles que alterna con elogios a los flamencos, como bien apunta Menéndez Pidal en su estudio sobre las Casas. Y el contraste de la historia anotada por Bernal Diaz del Castillo, que acompaño a Cortés, y escribe sus memorias ya anciano, y de vuelta a Medina del Campo. “Si cada español durante los cincuenta años inmediatos al Descubrimiento, hubiera matado un indio cada día laborable y tres los domingos, hubiera sido preciso el transcurso de una generación para alcanzar la cifra que le atribuye su compatriota” -anota un historiador inglés.

Y en este punto sugiere que son necesarias tres condiciones para que se instale la “leyenda negra” que gravita sobre España: ser un país importante, que haya que contar con él. Después que haya una secreta admiración, envidiosa y no confesada por ese país. Finalmente una organización promotora. España se extiende en poco más de medio siglo por todo el mundo. Se hace presente a una velocidad antes nunca vista. Eso suscita admiración y envidia. Los promotores son varios y se turnan: los italianos donde Aragón y después España estaba presente, las leyendas de Las Casas (se sugiere consultar el libro de Menéndez Pidal, sobre la doble personalidad de Las Casas). Y Flandes y los países de Europa que enfrentan la postura clara, el proyecto,  de la Monarquía Católica española,  suscitando anticuerpos en el mundo protestante y anglicano.

“El resultado peor es sobre la misma España, donde algunos se acaban contagiando de las habladurías de fuera, por aquello de que cuando el rio suena, agua lleva….Son los españoles de la depresión histórica. Y después, los reactivos, indignados, apologistas a ultranza de lo bueno y de lo malo, de lo justo e injusto, y que desprecian lo ajeno. En fin, una mezcla nada halagüeña de la que pocos escapan. Introduce una vacilación en la mente de los españoles que tuvieron la responsabilidad de orientar e interpretar la configuración de España y su argumento en la historia: el proyecto de España que se había ido haciendo desde la España perdida a su restablecimiento, que se prolonga naturalmente en la España unida nacional y em la Supernación que reúne bajo la misma Corona, una multitud de pueblos heterogéneos, vistos como miembros, Reinos o Provincias de esa Monarquía cuyo adjetivo primordial es Católica. Todo esto se pone en tela de juicio al verlo reflejado en una opinión extranjera de enorme volumen y coherencia, que sistemáticamente se aplica a todo lo español, y que provoca vacilación en los españoles”

El daño mayor que produjo la Inquisición -otro elemento de crítica siempre presente- en la vida cultural no fue que se reprimiera o persiguiera a grandes creadores, mas disuadir la creatividad de entrar en ciertas cuestiones por considerarlas peligrosas o resbaladizas. Como dice Ortega, la Inquisición no quemó a ningún hereje importante (esos fueron quemados fuera), y lo grave es que no hubiera ningún hereje importante que quemar. El encogerse amilanado. Lo que el autor dice haber vivido, en analogía, después de la guerra civil : “si en esa época se cultivaba la filosofía con libertad e independencia , no podían esperarse más que sinsabores , y desde luego puertas cerradas. Quien lo probó lo sabe”

Llega al final de la Monarquía de los Austrias a principios del XVIII, el periodo de desilusión y creerse peor de lo que somos, siendo que la Españas eran una realidad que se conservaría hasta entrado el siglo XIX. El siglo XVIII donde no pasa nada espectacular, y se tiene la impresión de que no pasa nada. Pero la vida cotidiana sigue fluyendo y variando de forma y contenidos. Y como no se atenta a que la  historia es la vida misma, hay que señalar la omisión de la historia de los pueblos americanos, que eran España, en los siglos de crecimiento impar si comparados a cualquier país europeo, de contraste tremendo. Como apunta Humboldt, los virreinatos no son patrimonio de la corona, sino que funcionan como una provincia particular y lejana de la metrópoli. Los españoles las consideran provincias, no las llaman colonias, sino reinos. El autor recuerda, por ejemplo, que en las Cortes de Cádiz, em 18012, se deja claro que es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios, y está firmada por los diputados, sin distinción y desordenadamente, tanto de España como de los territorios ultramarinos (y Marías coloca la lista completa para que no quepa duda).  Y también advierte que en el gobierno de la corona, por ejemplo, en tiempos de Carlos III, -que denomina el bienhechor de los indígenas- entre todos los colaboradores no había ninguno que pudiera ser acusado de corrupción o falta de integridad”. No es poco; y talvez eso también ayude en la normalidad del siglo XVIII.

La lectura que se hace posteriormente, desde la independencia de los países americanos, no considera esto, se omite, en fin, se hace una relectura acoplada a intereses políticos. Lo que falto a España en la normalidad fue talvez el proyecto sobre si misma. Y esta omisión hace que entrado el siglo XIX el desdén por lo español penetre profundamente en los habitantes de América, llevando a un extraño desprecio por su propia realidad, que en su momento se unirá a una idealización de las posibilidades de un futuro desligado e España.

Entre el espasmo y el marasmo, título del capítulo sobre el siglo XIX, cuando se siente que puede pasar cualquier cosa, y la consecuencia es que no puede hacerse ninguna al menos ninguna inteligente, coherente, que valga la pena. Hace tiempo que en España no se dice lo que pasa sino que pasa lo que se dice. En esta tesitura llegan las independencias americanas, recordándonos que el elemento de unidad era el Español, y como los movimientos de independencia se hacen como antiespañoles, los nuevos países quedan voluntariamente despojados de sus mayores posibilidades estabilizadoras y proyectivas.

La pérdida del pasado priva a los pueblos hispánicos de apertura al futuro. El intencionado mito de Latinoamérica , palabra acuñada, con propósitos políticos a mitad del XIX (creo que por franceses y curiosamente no incluyen Quebec!), fingiéndose una unidad suficiente sin referencia a España. Si se elimina el ingrediente español en los países hispánicos se volatiza toda comunidad histórica entre ellos, desaparecen sus raíces compartidas, y con ello toda conexión social que pudiera llegar a articularlos en un mundo coherente.  Pienso yo, en mis glosas,  que el sueño romántico de Bolívar, de unidad suramericana, fracasó porque no consigue improvisar más de 3 siglos de convivencia y crecimiento cultural; algo que ahora se repugna….o se quiera olvidar……

Marías insiste con optimismo en busca de un proyecto, por la vitalidad de los españoles, usar el estado como piel (imagen de Ortega) no como aparato ortopédico. Y se permite las ironías contemporáneas:  “De Franco, yo decía en broma que era el único gobernante bergsoniano, cuyo único propósito era la durée”

Llegamos al final de esta experiencia vital, que la lectura del libro proporciona, y queda claro su objetivo: mostrar el argumento de esa Historia, no contarla. Los nexos entre sucesos que la integran, el horizonte de posibilidades ofrecidas em cada situación decisiva, la pluralidad de trayectorias abiertas y la que en cada caso fue efectivamente elegida y, en una u otra medida, realizada o frustrada.

Y, al final, anota Marías a modo de un casi-testamento: “A la pregunta de si es inteligible España sin el cristianismo habría que responder que no; pero esto no quiere decir que los españoles sean forzosamente cristianos, ni siquiera que el proyecto histórico de España, en el presente que anticipa el futuro, se identifique con el cristianismo. Esta es la gran dificultad que no se puede soslayar; la ausencia de una respuesta satisfactoria ha perturbado la proyección histórica, ha introducido la ambigüedad em la manera de sentirse  los españoles, ha paralizado o desvirtuado las trayectorias españolas durante casi doscientos años”.

Y concluye: “Para España, el hombre ha sido siempre persona; su relación con el otro (moro, judío, indio americano) ha sido personal; ha entendido que la vida es misión, y por es lo ha puesto al servicio de una empresa transpersonal; ha evitado, quizá hasta el exceso, el utilitarismo que suele llevar a una visión del hombre como cosa; ha tenido un sentido de la convivencia interpersonal y no gregaria, se ha resistido a subordinar el hombre a la maquinaria del Estado; ha sentido la vida como inseguridad, no ha creído que su justificación sea el éxito: por eso la ha vivido como aventura y ha sentido simpatía por los vencidos. La obra en que lo español se ha expresado con mayor intensidad y pureza, la de Cervantes, respira esta manera de ver las cosas”. Quizá por eso, se permite citar al Hidalgo de la Mancha, como un clamor que ayude a creer en España: “Podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo es imposible”. Un ánimo cada vez más necesario para mirar con justicia y ternura esa Historia que Julián Marías quiere hacernos inteligible.

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